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Para qué luchamos

El sentido de la lucha

Lo que acontece fuera de nuestra casa o más allá de nuestras pantallas importa y mucho. Y porque importa, hemos de involucrarnos....

Un título así da por sentado que estamos involucrados en algún tipo de lucha o conflicto, pugna o competición, por lo que quizá llama a que dilucidemos primero si ésta existe o si no y cuán relevante es para nosotros.

En Occidente, se observa una creciente polarización social como consecuencia, entre otras causas, de la intensa politización. Todo es feudo de lo político, pues la linde que habría de separar lo privado de lo público ha quedado completamente difuminada. Así, los niños parecen ser más del Estado que de sus padres (más ciudadanos que hijos o hermanos), el derecho a la privacidad o a la intimidad cada vez es más relativo, etc. A su vez, nuestro credo, raza, sexo u orientación sexual parecen importar cada vez más desterrando la ilusión de la batalla por la igualdad, y sustituyéndola por la de la identidad.

Es tal la intensidad de este fenómeno de invasión de lo privado que, a su paso, provoca numerosas líneas de falla allá donde se aprecian diferencias a menudo insalvables. Además, penetra el umbral de nuestros hogares con incursiones puntuales en el mejor de los casos u ocupaciones permanentes en el peor. Hay pocos sitios más politizados que muchas mesas de comedor en domingo.

Pero pasemos de los metafenómenos a las personas. Este hooliganismo por la política, por supuesto, se aprecia en la plaza pública, tanto física como virtual. Hay mesías e incendiarios, algunos por vocación y otros por obligación o casualidad; hay mariscales de campo y soldados de tropa, hay strategos y hay fuerzas de choque. La fauna es variopinta, pero todos forman parte de una misma especie adicta a la política.

En el lado opuesto encontramos a quienes creen que eso de la política no va con ellos, que lo que les preocupa son las personas y muchas otras afirmaciones que dan fe de su bonhomía. Un buen número de quienes repiten este tipo de argumentos lo hace sin gran convicción, y es que saben que sí les afecta lo que acontezca en la esfera pública, y, sin embargo, carecen del valor para involucrarse en ella. Hay otras personas, por el contrario, que sí suscriben estas cuestiones con gran firmeza, pero esta última no es sino fruto de su ignorancia. Es como estar a pocos metros de un león en la sabana africana y decir que no creemos en él. Pues bien, amigo mío, permíteme que te diga que harías bien creer en su existencia, pues su presencia y el hecho de que presente un grave riesgo para tu integridad física es absolutamente independiente de tu opinión o sentimientos con respecto a él.  Se trata, en definitiva, de una cuestión de cobardía, en el primer caso, y de bisoñez un tanto culpable, en el segundo. Dos pecados que he hecho propios en el pasado y que, de vez en cuando, afloran irremediablemente.

Tanto en el primer campo como en el segundo, hay quienes ven llegar el ocaso de Occidente; que son pesimistas con respecto al futuro y que auguran un inminente Fin del Mundo. O de su mundo, pues son sus costumbres y tradiciones las que desaparecen, sus fronteras las que cambian y los miembros de su tribu los que menguan. Unos plantan cara a este final, tratando de sostener la bóveda del cielo que parece derrumbarse mientras que otros lo observan compungidos, como oveja llevada al matadero.

Para todos estos catastrofistas, un breve aviso: Es mucho peor el gran desastre, como señala Niall Ferguson en su último libro Doom: The Politics of Catastrophe (2021), que el Apocalipsis, pues con este último cesa todo sufrimiento, mientras que con el primero hay que convivir, pues hay supervivientes y reminiscencias. Además, tanto las historias antediluvianas del fin de los tiempos como las actuales advertencias de decadencia civilizatoria traen consigo un fácil pretexto para no hacer nada. Total, ¿cómo parar el meteorito? Mejor seguir bailando hasta que cese la música.

Craso error, por tantos motivos... de los que me gustaría referirme a uno. En esta reflexión le arrebatamos todo sentido o significado a nuestras vidas y su huella en nuestro entorno, familia, empresa, comunidad o país. Algo que contrasta fuertemente con la excesiva importancia a los superhombres y a cómo estos marcan el rumbo de nuestras vidas, como refleja magistralmente Tolstói en Guerra y Paz. Bien es cierto que la Historia está escrita como concatenación de grandes nombres y acontecimientos, pero tendemos a atribuir demasiado valor a figuras particulares en el devenir de los tiempos a la par que le restamos importancia al impacto que pueden tener nuestras vidas en el mundo y, sobre todo, en la vida de las personas que nos rodean.

Los tiempos cambian y las Edades se suceden. Pero en el continuum (con sus cataclismos puntuales según algunos y cíclicos según otros) de la Historia, para nosotros, no todo da lo mismo, pues hay muchas cosas que atesora nuestro corazón. También por este motivo la política importa, y, como el tiempo, nos afecta a todos más tarde o más temprano, o con mayor o menor intensidad. Retomando de nuevo la mélange de cobardes e ignorantes de antes: ¿Cómo puede un padre de familia creer que la nueva ley de educación no va con él? Decir que la política no va con uno es ridículo. Pero cuidado, vivir intoxicado por ella es lamentable.

Es lamentable porque en el fragor de la batalla uno puede olvidar por qué lucha, o mejor aún, para qué lucha. No cabe duda de que existe quien se embarca en estas cuestiones con intereses espurios o egoístas, pero merece la pena preguntarnos para qué hemos de luchar. Aquí Tolkien resulta, como en infinidad de ocasiones, del todo clarividente. El Señor de los Anillos es una verdadera epopeya, con una historia repleta de sentido, héroes y ejércitos, elfos y orcos… una lucha titánica entre el bien y el mal. Y, sin embargo, las líneas finales de El Retorno del Rey recogen el porqué o el para qué de tanto sufrimiento. Tras la destrucción del Anillo, Frodo y Sam, Merry y Pippin se despiden los Puertos Grises. El primero se marcha de la Tierra Media para siempre, y los tres últimos vuelven a la Comarca “sin volver la cabeza” pero también “sin pronunciar una sola palabra durante todo el viaje de regreso”. Finalmente, Sam “volvió a casa por la Colina, cuando una vez más caía la tarde. Y llegó, y adentro ardía una luz amarilla, y la cena estaba pronta, y lo esperaban. Y Rosa lo recibió, y lo instaló en su sillón, y le sentó a la pequeña Elanor en las rodillas. Sam respiró profundamente. —Bueno, estoy de vuelta— dijo”. Así termina la trilogía más famosa de todos los tiempos. Y no es baladí.

Lo que acontece fuera de nuestra casa o más allá de nuestras pantallas importa y mucho. Y porque importa, hemos de involucrarnos. Por nosotros y por los que vendrán tras nosotros. Es una responsabilidad ineludible y no cumplir con ella es del todo suicida. Ahora bien, no debemos olvidar el motivo por el que elegimos adentrarnos en la esfera pública, cada cual en su forma y medida. Y este no es “salvar Occidente” ni “regenerarlo” ni “repoblarlo”. Es para ganarnos el derecho a volver al hogar, y a sentar a nuestra Elanor —o a mi Belén o mi Isabel— en nuestras rodillas. Un hogar que es difícil construir, que requiere tiempo, esfuerzo y amor. Asimismo, debemos esforzarnos por vivir una vida noble como señala Séneca, tarea hercúlea en una época donde sólo importa vivir una vida larga y placentera. Es aquí donde radica uno de los asuntos más importantes sobre los que tampoco se suele hacer el suficiente hincapié: el de la virtud. En lo que se refiere a estos párrafos, como necesario contenido para el continente del hogar. Puede parecer una obviedad, pero no lo es tanto: no existen sistemas buenos (de gobierno, sociales, económicos, etc.) u hogares buenos (aunque quizá esto sea una redundancia), sin personas buenas, pero sobre esto versará el próximo artículo. Baste aquí rogar que alejemos la tentación de vivir embriagados por la política, aún estando involucrados en ella, y comencemos a trabajar en nosotros mismos. Tengamos nuestra casa —literal y figurada— en orden antes de salir a guerrear. Pues si somos incapaces de lo primero ¿qué nos hace pensar que tenemos la más mínima posibilidad de lograr la victoria en lo segundo? Incluso si la épica batalla con la que tantos sueñan se ganase por fortuna, la victoria sería frágil y, por ende, efímera. Ahora bien, antes de ordenar el hogar, hay que crearlo. Algo que simplemente requiere tu vida entera. Ni más, ni menos. ¿Y tú? ¿A qué estás dedicando tu vida?

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